#title A los jóvenes
#LISTtitle A los jóvenes
#author Piotr Kropotkin
#SORTauthors Piotr Kropotkin
#SORTtopics Introductorio 
#source Recuperado el 30 de diciembre de 2012 desde [[http://www.kclibertaria.comyr.com/lhtml/l002.html][Kolectivo Conciencia Libertaria]] 
#lang es



*** CAPÍTULO I
 

A éstos me dirijo, que los viejos -los viejos de corazón y de
espíritu, entiéndase bien- no se molesten en leer lo que no ha de afectarles en
nada.

Supongo que tenéis dieciocho o veinte años, habéis terminado
vuestro estudio o aprendizaje y entráis en el gran mundo; supongo también que
vuestra inteligencia se ha purgado de las imbecilidades con que han pretendido
atrofiarla y obscurecerla vuestros maestros, y que hacéis oídos de mercader a
los continuos sofismas de los partidarios del obscurantismo; en una palabra,
que no sois de esos desdichados engendros de una sociedad decadente que sólo
procuran por la buena forma de sus pantalones, lucir su figura de monos sabios
en los paseos, sin haber gustado en la vida más que la copa de la dicha,
obtenida a cualquier precio… Todo al contrario de esto, os juzgo de entendimiento
recto, y sobre todo, dotados de gran corazón.

 
La primera duda que surge en vuestra imaginación es ésta:
“¿Qué voy a ser?”. Esta pregunta os la habéis hecho cuantas veces la razón os
ha permitido discernir.

Verdaderamente que cuando se está en esa temprana edad en
que todo son sueños de color de rosa no se piensa en hacer mal alguno. Después
de haberse estudiado una ciencia o un arte -a expensas de la sociedad, nótese
bien- nadie piensa en utilizar los conocimientos adquiridos como instrumento de
explotación y en beneficio exclusivo, y muy depravado por el vicio debiera
estar en verdad el que siquiera una vez no haya soñado en ayudar a los que
gimen en la miseria del cuerpo y la miseria de la inteligencia. Habéis tenido
uno de esos sueños, ¿no es verdad? Pues estudiemos el modo de convertirle
en realidad. 

No sé la posición social que ha presidido a vuestro
nacimiento; quizá favorecidos por la suerte habéis podido adquirir
conocimientos científicos, y sois médicos, abogados, literatos, etc.…; si es
así a vuestra vista ábrense vastísimos horizontes y se os ofrece un porvenir
sonriente, quizá dichoso. O, por el contrario, malditos de la suerte sois hijos
de un pobre trabajador, y no habéis tenido otros conocimientos que la escuela
del dolor, de las privaciones y de los sufrimientos…

Establezcamos el primer caso; habéis cursado medicina; sois,
pues, un facultativo. Un día un hombre de mano callosa, cubierta con una blusa,
viene a buscaros para que asistáis a una enferma, conduciéndoos a casa de la paciente
por una interminable serie de callejuelas, cuyas casas trascienden a pobreza. 

Llegáis, y os es forzoso casi encaramaros por una estrecha
escalera, cuyo ambiente está cargado de hidrógeno, por las emanaciones que
despide la torcida de un farol cuyo aceite se ha agotado. 

Después de salvar dos, cuatro o treinta escalones, penetráis
en la habitación de la pobre enferma. Como vuestra alma está aún pura, el
corazón os late con más violencia de la acostumbrada al contemplar a aquella
infeliz, tirado sobre un mal jergón, y… a aquellas cuatro o cinco criaturas,
lívidas, tiritando de frío, acurrucadas al lado de su pobre madre, a fin de
recoger el calor de la fiebre, ya que allí huelga todo abrigo. Los infelices
niños, a quienes la desgracia ha hecho suspicaces, os contemplan asustados y se
arriman más y más a su madre, sin apartar sus grandes ojos espantados de
vuestra persona. 

El marido ha trabajado durante su vida doce y trece horas
diarias, pero ahora está de más hace tres meses; esto no es raro, se repite
periódicamente. Antes no se notaba tanto su falta de trabajo, pues cuando esto
acontecía su mujer se iba a lavar -¡quién sabe si habrá lavado lo vuestro!-
para ganar una peseta al día. Pero ahora, postrada en el lecho del dolor hace
dos meses, le es imposible, y la miseria más espantosa cierne sus negras alas
en aquel hogar. 

¿Qué aconsejaréis a aquella enferma, doctor? Desde luego
habréis comprendido que allí reina la agonía general por falta de alimentación;
prescribiréis carne, aire puro, ejercicio en el campo, una alcoba seca y bien
ventilada. ¡Esto sería irónico! Si hubiera podido la enferma proporcionarse
todo esto, no hubiera esperado vuestro consejo. 

Esto no es todo. Si vuestro exterior revela franqueza y
bondad, os referirán historias tanto o más tristes; la mujer de la otra
habitación, cuya tos desgarra el corazón, es una planchadora; en el tramo de
abajo todos los niños tienen fiebre; la lavandera que ocupa el piso alto no
llegará a la próxima primavera, ¡ah! ¡y en la casa de al lado, en la otra, la
situación es peor!... 

¿Qué pensáis de todos estos enfermos? Seguramente les
recomendaríais cambio de aire, un trabajo menos prolongado, una alimentación
sana y nutritiva; pero no podéis y abandonáis aquellas catacumbas del dolor con
el corazón lacerado. 

Al siguiente día, y cuando aún no habéis desechado la
preocupación de la víspera, un compañero os dice que ha venido un lacayo en
carruaje para que fuerais a visitar al propietario de una casa, donde había
enferma una señora extenuada a fuerza del insomnio, cuya vida está consagrada a
visitas, afeites, bailes y disputar con su estúpido marido. 

Vuestro compañero le ha prescrito hábitos más moderados,
comida poco estimulante, paseos al aire libre, tranquilidad de espíritu y
ejercicios gimnásticos en su alcoba, a fin de substituir un trabajo útil: una
muere porque ha carecido de alimento y descanso durante su vida, y la otra
sufre porque nunca ha sabido lo que es trabajar. 

Si sois uno de esos repugnantes seres ante un espectáculo
triste y miserable se consuelan con dirigir una mirada de compasión y beberse
una copa de coñac, os iréis acostumbrado gradualmente a esos contrastes y no
pensaréis sino en elevaros a la altura se los satisfechos para evitar tener que
rozaros en lo sucesivo con los desgraciados. 

Pero si al contrario, sois hombre; si el sentimiento
se traduce en voluntad y la parte animal no se ha superpuesto a la
inteligencia, volveréis a vuestra casa diciéndoos: -Esto es infame-; esto no puede
continuar así por más tiempo. Es menester evitar las enfermedades y no
curarlas. ¡Abajo las drogas! Aire, buena alimentación y un trabajo más
racional; por ahí debe comenzarse; de otro modo, la profesión de médico sólo es
un engaño y una farsa. 

En ese mismo instante comprenderéis el anarquismo y
sentiréis estímulos por conocerlo todo; y si el altruismo no es una palabra
vacía de sentido, si aplicáis al estudio de la cuestión social las rígidas
inducciones del filósofo naturalista, vendréis a nuestras filas y seréis un
nuevo soldado de la Revolución social.

Quizá se os ocurra: ¡Al diablo las cuestiones prácticas!
Como el filósofo y el astrónomo, consagrémonos a las especulaciones
científicas. Esto seguramente puede producir un goce individual, una abstracción
de la sociedad y sus males. Pero siendo así, yo pregunto: ¿en qué se diferencia
el filósofo dedicado a pasar la vida todo lo agradablemente posible, del
borracho que solo busca en la bebida la inmediata satisfacción de un placer?
Indudablemente el filósofo ha tenido mejor acierto cuando a la elección de
goce, que es más duradero que el del borracho; pero esto es la sola diferencia;
uno y otro tienen la misma mirada egoísta y personal. 

Pero no desáis hacer vida semejante, y sí, por el contrario,
trabajar en bien de la Humanidad entonces saltará en vuestro cerebro una formidable
objeción, y por poco aficionado a la crítica que seáis, comprenderéis
perfectamente que en esta sociedad la ciencia no es otra cosa que un apéndice
de lujo que no sirve sino para hacer más agradable la vida de los menos,
permaneciendo inaccesible a los más. 

Ahora bien; hace más de un siglo que la ciencia ha
establecido sobre bases sólidas, razonadas nociones cosmogónicas cuanto al
origen del Universo. ¿Cuántos las conocéis? Algunos millares solamente
desperdigados entre centenares de millares sumidos aún en supersticiones dignas
de los salvajes y, por consiguiente, dispuestos a servir de lastre a los
impostores religiosos. 

O bien lanzad una ojeada sobre lo que ha hecho la ciencia
para elaborar las bases de la higiene física y moral; ella os dice cómo debemos
vivir para conservar la salud del cuerpo y mantener en buen estado las
numerosas masas de nuestras poblaciones. Pero todo esto es letra muerta, por
que la ciencia sólo existe para un puñado de privilegiados, y porque las
desigualdades que dividen a la sociedad en dos clases -explotados y
detentadores del capital- hacen que las enseñanzas racionales de la existencia
sean la más amarga de las ironías para la inmensa mayoría. 

Aun podría citar más ejemplos, pero no lo juzgo
imprescindible, puesto que la cuestión no es amontonar verdades y
descubrimientos científicos, sino extender hasta lo infinito los ya adquiridos,
hasta que hayan penetrado en la generalidad de los cerebros. Conviene ordenar
de tal suerte las cosas, que la masa del género humano pueda comprenderlas y
aplicarlas: que la ciencia deje de ser un lujo; todo al contrario, que sea la
base de la vida de todos. Lo exige la justicia. 

De este modo no ocurriría, por ejemplo, lo que pasa hoy con
la teoría del origen mecánico del calor, que enunciada el siglo pasado por Hir
y Clausius, ha permanecido durante más de ochenta años enterrada en los anales
académicos, hasta que la desenterraron los conocimientos de la física,
extendidos lo suficiente para formar una parte del público capaz de
comprenderla, ha sido necesario tres generaciones para que las ideas de Erasmo
y Darwin sobre la variabilidad de las especies fuesen acogidas y admitidas por
los filósofos académicos, obligados por la opinión pública. El filósofo, así
como el artista y el poeta, es siempre producto de la sociedad en que enseña y
se mueve. 

Si os persuadís de estas verdades, comprenderéis que es de
todo punto imprescindible cambiar radicalmente un tal estado de cosas que
condena al filósofo a repletarse de conocimientos científicos y al resto del
género humano a permanecer en la misma ignorancia que hace diez siglos; esto
es, en el estado de esclavitud y de máquina incapaz de asimilarse las verdades establecidas.
Desde el momento que os hayáis persuadido de estas profundas verdades iréis
poco a poco odiando la inclinación a la ciencia pura y trabajaréis por buscar
el medio de efectuar esa transformación social; y si inauguráis vuestras
investigaciones con la misma imparcialidad que os ha guiado en los estudios
científicos, abrazaréis sin remedio la causa del socialismo. 

Haréis, en una palabra, tabla rasa de todos los sofismas y engrosaréis
nuestras filas, cansados de procurar placeres a esa minoría que de tantos
disfruta, y pondréis todo vuestro valer al servicio de los oprimidos. 

Estad seguro que entonces el sentimiento del deber cumplido
y la perfecta relación entre vuestras ideas y acciones os mostrarán una
existencia nueva que os es desconocida; y cuando un día, día que indudablemente
se aproxima — con permiso de vuestros profesores — se haya realizado el fin que
os proponíais, las nuevas fuerzas del trabajo científico colectivo, con la
poderosa ayuda de ejércitos de trabajadores que vendrán a prestarle sus
concurso, harán que la ciencia dé un paso hacia delante, comparado con el cual
el lento progreso del presente, parecerá un simple juego de niños. Entonces
gozaréis de la ciencia y este goce será para todos. 


*** CAPÍTULO II


Abordemos otro punto. Suponemos habéis terminado vuestra
carrera de Derecho y, por consiguiente, os halláis abocado a desempeñar un
puesto en el foro, halagado por las más bellas ilusiones respecto a vuestro
porvenir -os hago justicia de que comprendéis lo que altruismo significa-.
Quizás entonces digáis: ¿Hay nada más noble que dedicar la vida a una lucha
vigorosa contra toda injusticia, aplicar sus facultades al triunfo de la ley,
que es la expresión de la justicia suprema? 

Perfectamente: como todavía no tendréis experiencia propia
os veis obligado a recurrir a las crónicas judiciales, donde encontraréis
hechos que os ilustren. 

Aquí tenemos, por ejemplo, un rico propietario que pide la
expulsión de un colono que no ha podido pagar, por efecto de cualquier
circunstancia fortuita, la renta convenida. Desde el punto de vista legal, no
hay escape, si el pobre labrador no paga, sea cualquiera la causa que lo
imposibilite, debe ser expulsado de la finca: en este punto la ley es
inexorable. 

Si os conformáis con la exterioridad de los hechos pediréis
la expulsión creyendo que así cumplís con vuestro deber; sí, por el contrario,
profundizáis en el asunto, encontraréis muchas veces que el propietario ha
derrochado siempre su renta, en tanto que el colono ha trabajado
cotidianamente; que el propietario no ha hecho nada para mejorar sus tierras, y
sin embargo, el valor de éstas, merced a los esfuerzos de aquel colono a quien
arrojan del suelo que ha regado con su sudor, ha triplicado en cincuenta años,
contribuyendo también a ello el mayor precio adquirido por la construcción de
un ferrocarril, o una carretera, o la desecación de una laguna, o la roturación
y cultivo de terrenos antes baldíos, obra todo no del propietario, sino de
aquel miserable colono que se ha arruinado por haber tenido que tratar con los
usureros, que le han sacrificado hasta lo último, agotando implacablemente
todos sus recursos.

La ley, sin embargo, siempre a favor de la propiedad, está
concluyente: sea de ello lo que quiera, el derecho favorece al propietario y
desconoce el del colono; pero si vuestro sentimiento de justicia natural no ha
sido aún suplantado por las ficciones legales, ¿qué haréis? ¿Sostenéis que el
colono debe ser arrojado a la calle, en consonancia a lo estatuido por la ley,
o sostendréis que lo justo es que el propietario pague al colono el total
aumento del valor de sus tierras, puesto que es debido muy principalmente al
trabajo y desvelos de éste? Esto no está escrito en ningún Código, pero es lo
que la equidad demanda. ¿Qué partido tomaréis: el de la ley contra la justicia
o el de la justicia contra la ley?

Y cuando se hayan declarado en huelga los trabajadores sin
prevenirlo con quince días de anticipación, ¿a qué lado os inclinaréis? ¿En
favor del patrón que, aprovechándose de una prolongada crisis, ha conseguido
ganancias fabulosas, o contra la ley y en defensa de los trabajadores que
durante todo ese tiempo sólo han percibido un pequeño jornal y visto morir de
hambre a sus mujeres e hijos? ¿Defenderéis esa ficción que consiste en afirmar
la libertad de las transacciones, o mantendréis la equidad que estatuye que un
contrato celebrado entre el que ha comido bien y el que no ha probado bocado,
esto es, entre el fuerte y el débil, es un contrato leonino? 

Pongamos otro ejemplo: un hombre que vaga alrededor de una
carnicería robó un pedazo de carne; la gente corrió tras él gritando: ¡al
ladrón! Se le detuvo e interrogó, averiguándose que era un artesano sin trabajo,
que hacía cuatro días que no había comido ni él ni su familia. Pidiese al
carnicero que lo dejase en libertad; pero éste era partidario (para los demás)
del cumplimiento de la justicia, y el hambriento fue sentenciado a seis meses
de prisión. ¿No se os sublevará la conciencia contra una ley y una sociedad que
pronuncia todos los días semejantes infames juicios? 

¿Pediréis la aplicación de la ley contra el hombre que,
privado de educación y maltratado desde su infancia, sin haber oído nunca palabra
de afecto y de cariño, termine su fatal carrera asesinando, azuzado por el
hambre, a un vecino para robarle una peseta? ¿Pediréis su muerte, o lo que es
peor, que vaya veinte años a presidio cuando os costa que es más bien que
criminal, loco, y que su crimen es obra de la sociedad entera? ¿Pediréis que
vayan a presidio esos infelices tejedores que en un momento de desesperación
prendieron fuego a la fábrica donde han consumido su existencia y dejado su
sudor o que fusilen al insurrecto que enarboló en la barricada la bandera del
porvenir? No, seguramente. 

Si en vez de repetir lo que se os ha enseñado  razonáis ;
si analizáis la ley y apartáis de ella esas nebulosas ficciones con que se la ha
envuelto a fin de ocultar su verdadero origen, que es el derecho del más
fuerte, y su fondo que ha sido siempre la consagración de todas las tiranías
que pesan sobre el género humano a través de su larga y sangrienta historia;
cuando hayáis comprendido esto, sentiréis un profundo desprecio por la ley y
sentiréis aversión sin tasa contra esa monstruosidad que os coloca diariamente
en oposición con la conciencia. 

Y como esa lucha no puede ser eterna, o tendréis que
subordinaros a ser un miserable, o romperéis con la abominable tradición y
vendréis a nuestro lado a trabajar por la completa destrucción de esta
injusticia económica, social y política; entonces seréis socialistas
revolucionarios. 

Y a ti, joven ingeniero, que has soñado mejorar la suerte de
los trabajadores aplicando la ciencia a la industria, ¡qué tristes desengaños
te esperan! Has dedicado tu juventud, energía y entendimiento a la formación de
un proyecto de ferrocarril que bordeando montañas y salvando precipicios una
dos pueblos separados por la naturaleza. Una vez comenzada la obra veréis masas
de obreros diezmados por la privaciones y las enfermedades y otros que vuelven
a sus casas con algunas monedas y la semilla de la consunción; y cuando esta
obra de progreso se haya terminado, lejos de servir para que los obreros puedan
comunicar entre sí, los veréis excluidos de gozar y disfrutar de su trabajo,
sirviendo en cambio para que la utilice la burguesía para dar paso a sus
ejércitos. 

Habéis dedicado la flor de vuestra juventud a perfeccionar
un invento que facilite la producción, y después de muchos ensayos y largas
vigilias conseguís sacar a flote vuestro pensamiento, lo ponéis en práctica, y
sus resultados sobrepujan vuestros cálculos. Las consecuencias primeras de
vuestro adelanto las sufrirán los trabajadores. Diez, cien, mil o más serán
despedidos de los talleres y reducidos a la miseria: mientras que dos o tres
burgueses, con la aplicación de la máquina o máquinas de vuestra invención, se
enriquecerán con vuestro invento y beberán a la salud del medio que les
facilita una mayor ganancia a costa del incruento martirio del hambre de
multitud de familias. No habíais previsto esto allá en vuestros insomnios,
¿verdad? ¡No hubiérais creído nunca que lo que juzgabais adelanto, progreso,
beneficio, se trocara por leyes arbitrarias y despóticas de este infame
desorden social, en llanto, desdicha y miseria de infinidad de seres! Pues esto
es lo que, hoy por hoy, resulta: y sin embargo, nosotros, amantes del progreso,
aunque sus víctimas propiciatorias, caemos bendiciéndole, ¡tanto amamos a la
ciencia!, y maldiciendo a sus detentadores. 

Esto no es paradójico: estudiados los recientes adelantos
industriales, resulta que la costurera, por ejemplo, no ha ganado nada con la
invención de la máquina de coser; que, a pesar de las perforadoras de diamante,
el obrero muere de anquilostoma en los túneles; que los albañiles, los braceros
todos carecen de trabajo no obstante los ascensores Giffard. Si discutís, pues
los problemas sociales con esa independencia de criterio que os ha guiado en
los problemas técnicos, deduciréis necesariamente la conclusión de que, bajo el
dominio de la propiedad privada y del abominable régimen del salario, todo
invento, lejos de aumentar el bienestar del obrero, hace más pesada su cadena,
más degradante el trabajo; y disminuye el tiempo de ocupación, prolonga la
crisis y sólo viene a añadir comodidades a la clase de los satisfechos. 

Ahora bien: cuando os hayáis penetrado de esta gran verdad,
¿qué haréis? ¿Acallaréis con sofismas los gritos de vuestra conciencia
procurando adquirir de cualquier modo los goces y placeres que disfrutan los
explotadores u obedeceréis los impulsos del corazón que os dice: “No, no es
ésta la época de las invenciones; trabajemos primero por transformar el modo de
ser de la producción, y cuando esto se haya efectuado, todo adelanto
industrial, será, no beneficio a una clase, sino al género humano”? 

No temáis por la ciencia; ésta, como la libertad, no puede
perecer; y no perecerá seguramente en manos de los trabajadores: cuando esas
masas, hoy sumidas en la ignorancia, despierten a la luz de la inteligencia,
desarrollada por medio del estudio y del trabajo, la mecánica tomará vuelos
desconocidos; llegará sin duda alguna a lo que, ni en hipótesis, puede hoy
entreverse. 

¿Y qué decir cuanto al maestro de escuela, ese pedagogo
harapiento y muerto de hambre de nuestros días? No me refiero ciertamente al
ser rutinario que toma su profesión como una pesada carga, sino al que, rodeado
de un grupo de niños se siente solicitado por la atmósfera infantil que le
rodea y trata de inocular en aquellos cerebros, apenas formados, las ideas de
humanidad que él mismo acaricio cuando era joven. Sufriréis cuando el discípulo
a quien por fuerza os empeñáis en que aprenda el latín, no da pie con bola, no
se asimila el idioma de Lacio; pero observad en cambio sus bellezas de corazón
y cómo se entusiasma al recitar la historia de Guillermo Tell y con qué pasión
ha leído los versos de Schiller: 

    Jamás temblé ante el
  hombre libre,
  y sí al romper las
  cadenas del esclavo…  

Procurad desarrollar aquellos gérmenes de libertad, aquel
odio contra los tiranos, y esto contrabalanceará el perpetuo sermón doméstico
que trata de anular tan bellas cualidades, supeditándolas a ese necio respeto
al cura, al rey, al juez, a todo el arbitrario sistema inventado por el
autoritarismo para refrenar los impulsos de la libertad, las sacudidas de la
inteligencia hacia la investigación. 

Nuestra misión es sembrar el bien, difundir la luz y, por
medio de la instrucción, libre de todos los prejuicios de la rutina, crear
corazones que odien la tiranía y desde la infancia maldigan a todos los
verdugos y a todos los explotadores. La enseñanza no es ese pesado repetir
transmitido de una en otra generación, sin examen, sin variación, con la
monotonía del péndulo; esa es la instrucción burguesa que, cual pesada mole,
comienza a perturbar las facultades mentales del niño a fin de cercenar en su
cerebro todas las nobles emulaciones por lo grande, lo humanitario, lo bello. 

La burguesía ha desnaturalizado de tal suerte las fuentes
primeras donde se desarrollan las facultades del ser, que ha logrado convertir
lo que debía ser templo de la verdad — la escuela — en presidio, y al que debía
ser primer magistrado — el maestro — en carcelero. 

Hay que romper sin vacilaciones ese lecho de Procusto; hay
que caminar adelante: o con la burguesía, que os paga malamente vuestros
servicios y os relega enteramente o intoxicar los cerebros infantiles con los
venenos de la autoridad, la religión y la propiedad, o al campo anarquista a
trabajar con los revolucionarios para educar a la juventud en el verdadero
camino de la emancipación del hombre, en las sanas doctrinas de la equidad, de
la solidaridad y de la libertad. 

Y, por último, vosotros, jóvenes artistas, escultores,
pintores, poetas, músicos, ¿no veis que el sagrado fuego que inspiró a vuestros
predecesores ha desaparecido hoy día que el arte es vulgar, supeditado a los
perversos gustos de una burguesía adocenada, y que por tanto impera en absoluto
la medianía? Y no puede ser de otro modo: la inspiración de descubrir un nuevo
mundo y bañarse en las fuentes de la naturaleza que creó las obras maestras del
Renacimiento, se ha agotado en nuestros tiempos. El ideal revolucionario no le
ha dado calor hasta ahora, y a falta de este ideal, el único racional y
verdadero, las artes han supuesto un bastardo realismo que consiste en
fotografiar, trabajosamente la gota de rocío en la hoja de la planta, imitar
los músculos de la para de un cornúpeto o describir en prosa o verso el aire
asfixiante del salón de una meretriz de alto rango.

Pero si esto es así, me preguntaréis: -¿Qué es lo que
debemos hacer?- 

La contestación es muy sencilla; si el fuego sacro que decís
poseer es únicamente un fuego fatuo, entonces continuaréis como hasta aquí, y
todo vuestro gusto artístico, vuestra inspiración, degenerará rápidamente en
decorar tiendas, proveer de libretos de operetas de tercera clase y hacer
cuentos para las veladas de Nochebuena; muchos vais descendiendo por esta
pendiente con gran rapidez…. 

Pero si vuestro corazón late verdaderamente al unísono con
el de la humanidad; si como verdadero poeta os ocupáis de las realidades de la
vida, ¡ah! entonces, contemplando ese mar de tristezas, frente a frente de
gentes que perecen de hambre; a la vista de esos cadáveres amontonados en las
minas y esa aglomeración de cuerpos mutilados en las barricadas; viendo esas
interminables cuerdas de deportados que van a enterrarse en las perpetuas
nieves de la Siberia o en los pantanos tropicales; ante esta desesperada lucha sostenida entre los gritos de dolor de los vencidos y las orgías de los vencedores, entre el
egoísmo contra la cobardía, y entre la noble resolución y la despreciable astucia,
no podéis permanecer neutral y vendréis a colocaros al lado del oprimido,
porque sabéis que lo hermoso, lo sublime, el espíritu mismo de la vida están al
lado de aquellos que luchan por la luz, por la humanidad. 

Yo os oigo interrumpirme de nuevo. Si la ciencia abstracta
es un lujo y la práctica de la medicina una farsa; si la ley excluye la
justicia, y las invenciones mecánicas no son sino instrumento de robo; si la
escuela, en oposición a los deseos del verdadero maestro, ha de ser anulada y
el arte sin la idea revolucionaria sólo puede degenerar, ¿qué me queda a mí que
hacer? Os lo diré: un trabajo vasto e importantísimo, en el cual estarán
vuestras acciones en completa armonía con vuestra conciencia; una empresa capaz
de elevar los caracteres más nobles y generosos. 

¿Qué trabajo? Voy a decíroslo: o capituláis con vuestra
conciencia y decís al fin: “perezca la humanidad con tal de que yo pueda gozar
por completo muchos placeres, toda vez que la gente es bastante necia para
permitírmelo”, o una vez más se os presentará la inevitable alternativa de
tomar parte con los revolucionarios y trabajar con ellos para la completa
transformación de la sociedad. Tal es la irrefragable consecuencia del análisis
que acabamos de hacer: esta es la lógica conclusión a que todo hombre
inteligente ha de llegar son remedio, con tal de que razone con lealtad sobre
lo que pasa a su alrededor, descartando los sofismas que su educación
privilegiada y el interés de los que le rodean han deslizado en su oído. 

Llegado a esta conclusión, la pregunta ¿qué ha de hacerse?
se presenta naturalmente; la contestación es fácil: dejad el medio en que
estáis colocado y en el cual es moda decir que el pueblo no es más que un
puñado de brutos; venid a mezclaros con ese pueblo y la contestación surgirá
por si sola. 

Veréis que en todas partes, Inglaterra, Francia, Alemania,
Italia, Rusia, Estados Unidos, allí donde hay una clase privilegiada y otra
oprimida, existe un gran movimiento en el seno de la clase trabajadora, cuyo objeto
es romper para siempre la esclavitud impuesta por el feudalismo capitalista, y
echar los cimientos de una sociedad establecido sobre la base de justicia e
igualdad. Ya no es suficiente al hombre del pueblo manifestar sus dolores en
uno de esos cantos cuya melodía os traspasa el corazón, como los que se
cantaban por los siervos del siglos XVIII y se cantan todavía por los aldeanos
esclavos; ahora trabaja con sus compañeros por su emancipación, con
conocimiento de que lo hace y contra todos los obstáculos que encuentra en su
camino. Su pensamiento está constantemente en ejercicio, considerando qué es lo
que debería hacer a fin de que la vida, en lugar de ser una carga para las tres
cuartas partes de la humanidad, pueda ser una verdadera satisfacción para
todos; se ocupa de los más arduos problemas de sociología y procura resolverlos
con su buen sentido, su espíritu de observación y mucha experiencia; con objeto
de ponerse de acuerdo con otros tan miserables como él, trata de formar grupos,
organizar; forma sociedades sostenidas con dificultad por pequeñas
suscripciones; procura hacer pactos con sus compañeros del lado allá de la
frontera y prepara el día en que las guerras internacionales sean imposibles de
un modo más eficaz que el usado por los fríos filántropos que ahora nos aburren
con sus tonterías sobre la paz universal. A fin de conocer lo que hacen sus
hermanos y para tener con ellos conexión más íntima y elaborar sus ideas,
sostiene ¡pero a costa de cuántos sacrificios y cuántos incesantes esfuerzos!
su prensa trabajadora. 

Al fin, cuando la hora llega, se levanta, y enrojeciendo el
pavimento de las barricadas con su sangre se lanza a conquistar esas libertades
que los poderosos y satisfechos sabrán después cómo corromper y cómo volver
contra él de nuevo. 

¡Qué interminable serie de esfuerzos! ¡Qué lucha tan
incesante! ¡Qué trabajo vuelto continuamente a empezar, unas veces para llenar
los huecos ocasionados por las deserciones, resultado del cansancio, corrupción
y persecuciones; otras para reunir las quebrantadas fuerzas diseminadas por los
fusilamientos y las matanzas a sangre fría; otras, en fin, para reanudar los
estudios bruscamente interrumpidos por el burgués en grande escala! 

Los periódicos se publican por hombres que se han visto
obligados a privarse del sueño y del alimento, a fin de poder arrancar a la
sociedad los conocimientos más precisos; la agitación se sostiene con céntimos
deducidos de la cantidad necesaria para adquirir lo absolutamente indispensable
para la vida, y todo esto bajo la constante amenaza de ver a su familia
reducida a la más espantosa miseria tan pronto como el patrón sepa que su
trabajador, su esclavo, está tocado de socialismo. 

Esto es lo que veréis si os mezcláis con el pueblo. Y en
esta lucha incesante, cuántas veces no se ha preguntado inútilmente el
trabajador, al par que camina bajo el peso de su yugo: “¿Dónde, pues, está esa
gente joven a quien se ha enseñado a nuestra costa, esos jóvenes a quienes
alimentamos y vestimos mientras estudiaban? ¿Dónde están aquellos para quienes
hemos edificado, con nuestros hombros agobiados bajo el peso de nuestras cargas
y nuestros estómagos vacíos, esos colegios, esas salas de conferencia y esos
museos? ¿Dónde están los hombres para cuyo beneficio nosotros, con nuestros rostros
pálidos y demacrados hemos impreso esos hermosos libros, muchos de los cuales
ni aun podemos leer? ¿Dónde están esos profesores que pretenden poseer la
ciencia y para quienes la misma humanidad no vale tanto como un insecto raro?
¿Dónde los que siempre están hablando en favor de la libertad y nunca tratan de
conquistarla, viéndola constantemente pisoteada bajo sus pies? ¿Dónde esos
escritores, poetas y esos pintores? ¿Dónde, por último, está toda esa falange
de hipócritas que habla del pueblo con lágrimas en los ojos, pero que jamás por
ningún concepto se encuentra entre nosotros ayudándonos en nuestro trabajo?” 

¿Dónde están en verdad? 

Unos se entregan al descanso con la más cobarde
indiferencia; otros, la mayoría, desprecian a la sucia multitud y están
dispuestos a lanzarse sobre ella si se atreve a tocar uno solo de sus
privilegios. 

Es verdad que de cuando en cuando viene a nosotros algún
joven que sueña con tambores y barricadas y busca impresiones fuertes; pero que
deserta de la causa del pueblo en cuanto percibe que el camino de la barricada
es largo, el trabajo pesado y las coronas de laurel que han de ganarse en esta
campaña están cubiertas de espinas. Generalmente estos ambiciosos especuladores
del trabajo, quienes, no habiendo podido hacer nada en este sentido, tratan de
sorprender a la gente por este medio, y que serán poco después los primeros en
denunciarla cuando el pueblo desee aplicar los principios que ellos mismos
habían profesado, están tal vez hasta dispuestos a volver sus armas contra la
vil multitud si se atreve a moverse antes que ellos hayan dado la señal. 

Agregad a esto, bajos instintos, desprecio completo y viles
calumnias de parte de la gran mayoría y sabréis lo que el pueblo puede esperar hoy
de la mayor parte de los jóvenes de las clases privilegiadas en concepto de
ayuda para la revolución social. 

Pero aún preguntáis, ¿qué haremos? Cuando todo está por
hacer, cuando un ejército entero de gente joven encontraría bastante en ocupar
todo el vigor de su viril energía y toda la fuerza de su inteligencia y talento
para ayudar al pueblo en la vasta empresa que ha acometido, ¿preguntáis qué
haréis? Escuchad: vosotros, amantes de la ciencia pura, si estáis compenetrados
de los principios del socialismo, si habéis comprendido el verdadero
significado de la revolución que hoy llama a nuestras puertas ¿no veis que toda
ciencia debe ser reconstituida a fin de ponerla en armonía con los nuevos
principios, que os corresponde realizar en este terreno una revolución mucho
más grande que la que tuvo lugar en todos los ramos de la ciencia durante el
siglo XVIII? ¿No observáis que la historia, que hoy no es más que un cuento de
viejas sobre grandes reyes, grandes hombres de Estado y grandes Parlamentos,
que la historia misma tiene que volverse a escribir desde el punto de vista del
trabajo hecho por las masas en la larga evolución del género humano? ¿Que la
economía social que hoy es puramente la satisfacción del robo por el capital
tiene que reconstituirse de nuevo, lo mismo en sus principios fundamentales que
en sus aplicaciones? ¿Que la antropología, sociología y ética deben ser
completamente refundidas, y que las mismas ciencias naturales, miradas desde
otro punto de vista, deben sufrir una profunda modificación, lo mismo en lo que
refiere a la concepción de los fenómenos naturales que respecto al modo de
exposición? 

Siendo, pues, así, poneos a trabajar; colocad vuestra
capacidad al servicio de la buena causa: ayudadnos especialmente con vuestra
clara lógica a combatir las preocupaciones y a establecer con vuestra síntesis
los cimientos de una organización mejor; más aún: enseñadnos a usar en nuestros
argumentos diarios el valor de vuestras verdaderas investigaciones científicas,
y mostradnos como hicieron nuestros predecesores, de qué modo los hombres se
atreven a sacrificar hasta la vida misma por el triunfo de la verdad. 

Vosotros, los doctores, que habéis aprendido el socialismo
por una amarga experiencia, no os canséis nunca de decirnos hoy y mañana, en
todo tiempo y lugar, que la humanidad misma marcha rápidamente a su
degeneración si permanece en su condición actual; que todos vuestros
medicamentos contra las enfermedades han de ser impotentes forzosamente
mientras que la mayoría del género humano vegete en condiciones absolutamente
contrarias a aquellas que la ciencia os dice son necesarias a la salud; que las
enfermedades es lo que se debe desarraigar, y qué es lo que debe hacerse para
conseguirlo. 

Venid con vuestro escalpelo y disecad para nosotros con mano
firme esta vuestra sociedad que rápidamente marcha a la putrefacción, y
decidnos lo que podría y debería ser una existencia racional; insistid, como
verdadero cirujano, en que un miembro gangrenado debe amputarse cuando puede
contagiar el cuerpo entero. 

Vosotros, que habéis trabajado por la aplicación de la
ciencia a la industria, venid y decidnos francamente cuál ha sido el resultado
de vuestros descubrimientos; convenced a aquellos que no se atreven a marchar
resueltamente hacia el porvenir y hacedles ver cuantas nuevas invenciones lleva
en su seno el conocimiento adquirido hasta el día: qué podría hacer la
industria bajo mejores condicione y cuánto podría el hombre producir fácilmente
si trabajase con el fin de favorecer su propia producción. 

Vosotros, poetas, pintores, escritores, músicos; si
comprendéis vuestra verdadera misión y el exacto interés del arte mismo, venid
a nosotros; poned vuestra pluma, vuestro lápiz, vuestro cincel y vuestras ideas
al servicio de la revolución; presentad con vuestro elocuente estilo y con
vuestros expresivos cuadros la lucha heroica del pueblo contra los opresores;
encended el corazón de nuestra juventud con ese glorioso entusiasmo
revolucionario que inflamó el pecho de nuestros antecesores; decid a las mujeres
qué carrera tan gloriosa es la del marido que dedica su vida a la gran causa de
la emancipación social. 

Mostrad al pueblo qué triste es su vida actual, y hacedle
tocar con la mano la causa de su desgracia. Decidnos qué racional sería la vida
si no se encontrasen a cada paso las locuras e ignominias de nuestro presente
orden social. 

Finalmente, todos los que poseéis saber, talento, capacidad,
industria, si tenéis un átomo de simpatía en vuestro corazón, venid y poned
vuestros conocimientos a disposición de aquellos que más lo necesitan. Y tened
presente si venís, que no lo hacéis como amos, sino como compañeros de penas;
que no venís a gobernar, sino a fortaleceros en una nueva vida que se eleva
constantemente hacia la conquista del porvenir; que más que enseñar, venís a
recoger las aspiraciones de los más; a adivinarlas, a darles forma y a trabajar
constantemente con todo el fuego de la juventud y el juicio de la edad madura
para hacerlas posible en el momento actual; entonces y sólo entonces, seguiréis
una conducta verdaderamente noble y racional, viendo así que cada esfuerzo
vuestro en este sentido produce frutos en abundancia; y una vez establecida
esta sublime armonía entre vuestras acciones y lo que os dicta vuestra
conciencia, obtendréis facultades que nunca soñasteis pudieran dormir latentes
en vosotros mismos. 

Luchad incesantemente por el triunfo de la verdad, justicia
e igualdad entre los hombres, cuya gratitud ganaréis. ¿Qué carrera más noble
que esta puede desear la juventud de todos los países? 

Tiempo he necesitado para mostraros a vosotros que
pertenecéis a las clases acomodadas, que, en vista del dilema que os presenta
la vida, os veréis obligados, siendo honrados y sinceros, a venir a trabajar
con los anarquistas y defender con ellos la causa de la revolución social. ¡Qué
claro y sencillo es todo esto! Pero cuando uno se dirige a aquellos que no han
sufrido los efectos del medio en que vive la burguesía, ¡cuántos sofismas hay
que combatir! ¡cuántas preocupaciones que vencer! ¡cuántas objeciones
interesadas que desechar! 


*** CAPÍTULO III


Hoy es fácil el ser uno breve al dirigirse a vosotros
jóvenes del pueblo; la fuerza misma de las cosas os impele a ser anarquistas,
por poco que penséis y razonéis. 

Salir de las filas del pueblo y no dedicarse, a ser posible,
al triunfo de la revolución, es desconocer vuestro verdadero interés y
abandonar vuestra causa y vuestra verdadera misión histórica. 

¿Recordáis la época en que niños aún fuisteis una tarde de
invierno a jugar en vuestra oscura callejuela? El frío os penetraba a través de
vuestros ligeros vestidos y el fango hacía lo mismo por los agujeros de
vuestros viejos zapatos; aun entonces, cuando visteis a esos rollizos niños,
ricamente vestidos, pasar a cierta distancia y miraros con desprecio,
comprendisteis bien claramente que esos muñecos, vestidos de punta en blanco,
no eran iguales a vosotros ni en inteligencia, ni en energía; pero más tarde,
cuando os visteis obligados a encerraros en una sucia fábrica desde las cinco a
las seis de la mañana, para permanecer doce horas al lado de una máquina, y
convertidos en otra obligados a seguir día tras día sus movimientos incesantes
o monótonos, pudisteis comprender que mientras tanto los otros iban
tranquilamente a aprender en hermosas academias, escuelas y universidades; y
ahora esas mismas criaturas, menos inteligentes, pero más instruidas, han
venido a ser vuestros amos, y gozan de todos los placeres, de los beneficios de
la civilización. Y a vosotros ¿qué suerte os espera? 

Volvéis a una habitación pequeña, oscura y húmeda, en la que
se encuentran reunidos en un espacio bastante pequeño cinco o seis seres
humanos, y en la que vuestra madre, cansada de la vida, envejecida más por los
trabajos y fatigas que por los años, os ofrece pan duro y un poco de agua sucia
llamada por ironía café; y para distraer vuestra imaginación tenéis siempre
presente la siguiente pregunta: “¿Cómo se podrá pagar mañana al panadero y al
casero al día siguiente?” ¡Cómo! ¿Habéis de arrastrar la misma desgraciada
existencia que arrastraron vuestros padres durante treinta o cuarenta años?
¿Habéis de trabajar toda la vida para proporcionar a otros todos los placeres
del bienestar, de la ilustración y del arte y guardar para vosotros únicamente
la constante ansiedad respecto a encontrar mañana un pedazo de pan que llevaros
a la boca? ¿Abandonaréis para siempre todo lo que hace la vida agradable, para
dedicaros a proporcionar comodidades sin fin a un puñado de holgazanes? ¿Os
aniquilaréis trabajando para recibir en cambio menos de lo indispensable y ser
víctimas de la miseria cuando sobreviene una de esas crisis que por desgracia
son tan frecuentes? ¿Es esta la clase de vida a que aspiráis? ¿Os daréis tal
vez por vencidos? No viendo modo alguno de salir de vuestra situación, tal vez
os digáis: “Generaciones enteras han sufrido la misma suerte, y yo, que en nada
puedo variar lo existente, debo someterme también; sigamos, pues, trabajando, y
procuremos vivir lo mejor que se pueda”. 

Perfectamente; en tal situación, el iluminar vuestro
entendimiento será poco menos que imposible. Pero llega un día en que se
presenta una crisis de esas que no son ya fenómenos pasajeros, como antes
sucedía sino que destruye toda una industria que aniquila a familias enteras;
lucháis como los demás, contra la calamidad; pero pronto veis cómo vuestra
mujer, vuestros hijos sucumben poco a poco a causa de las privaciones, y
desaparecen a causa de la falta de alimentos, de cuidados y de asistencia
médica y van a concluir sus días en un asilo de pobres mientras que la vida del
rico se pasa alegre y gozosa en las grandes ciudades, brillando la luz del sol
y permaneciendo completamente extraño e indiferente a los gritos de angustia de
aquellos que perecen. 

Entonces comprenderéis cuán repugnante es esta sociedad;
reflexionaréis sobre las causas de estas crisis, y el examen llegará hasta el
fondo mismo de esta abominación que pone a millones de seres humanos a merced
de la brutal ambición de un puñado de explotadores; entonces comprenderéis que
los anarquistas tienen razón al decir que nuestra sociedad actual puede y debe
ser reorganizada de pies a cabeza. 

Mas pasando de las crisis generales a vuestro caso
particular, suponemos que un día, cuando vuestro patrón trate por medio de una
nueva reducción del jornal de sacaros algunos céntimos con el fin de aumentar
aún más su fortuna, protestáis; a lo que os contestará con altanería: -“Idos a
comer hierba, sino queréis trabajar por el precio que os ofrezco”-. Entonces
comprenderéis que vuestro patrón no sólo trata de esquilaros como a un animal
inferior; que no contento con teneros sujeto en sus garras por medio del
sistema del salario, trata además de haceros un esclavo en todos conceptos.
Entonces os rebajaréis él abandonando toda idea de dignidad humana y
concluyendo por sufrir todas las humillaciones posibles, o la sangre se os
subirá a la cabeza; os detendréis en la odisea pendiente en que vais
resbalando, y encontrándoos despedido y en la calle sin trabajo, comprenderéis
cuánta razón tienen los anarquistas cuando dicen: “¡Rebelaos, levantaos contra
esa tiranía económica, porque ella es causa de toda esclavitud!”. Entonces
vendréis y ocuparéis vuestro puesto en las filas de los revolucionarios, y
trabajaréis con ellos por la completa destrucción de toda esclavitud económica,
social y política. 

Otro día oiréis referir la historia de aquella encantadora
muchacha cuyo carácter alegre, francas maneras y animada conversación tanto
habíais admirado. Después de haber luchado durante años contra la miseria,
abandonó su pueblo natal por la capital; bien sabía que allí la lucha por la
existencia debía ser difícil, pero esperaba al menos poder buscarse la vida
honradamente. Pues bien; ya sabéis cuál ha sido su suerte: galanteada por el
hijo de un tendero, se dejó engañar por sus dulces palabras, se entregó a él
con toda la pasión de la juventud, y se vio después abandonada con una criatura
en los brazos; siempre valerosa, nunca cesó de luchar, pero se destruyó en esta
desigual lucha contra el hambre y el frío, yendo a concluir sus días en uno de
esos hospitales cuyo nombre nadie recuerda… ¿Qué haréis? Una vez más se os
presentan dos caminos que seguir: o tratáis de desechar tan desagradable
recuerdo con la siguiente estúpida frase: “Ella no fue la primera ni será la
última”, y tal vez hallándoos alguna noche en la taberna con otros ultrajéis la
memoria de la infeliz muchacha con algún cuento repugnante; o, por el
contrario, el recuerdo del pasado os llegará al corazón; trataréis de encontrar
al infame seductor para escupirle al rostro, y reflexionando sobre las causas
de estos males que ocurren diariamente, comprenderéis que nunca cesarán en
tanto que la sociedad esté dividida en dos campos: en el uno los desgraciados y
en el otro los perezosos, las fieras con dulces palabras e inclinaciones
bestiales. Comprenderéis que es ya tiempo sobrado de concluir con esta
diferencia y vendréis a colocaros entre los revolucionarios. 

Y vosotras, mujeres del pueblo, ¿habéis oído sin conmoveros
la triste relación de esta historia? Mientras que acariciáis la linda cabeza de
esa criatura que duerme en vuestros brazos, ¿no habéis pensado nunca en la
suerte que le espera si no se cambian las presentes condiciones de la sociedad?
¿No reflexionáis sobre el porvenir reservado a vuestras hermanas y a vuestros
hijos? ¿Queréis que éstos también vegeten como vegetaron vuestros padres, sin
más ocupación que la de buscar el pan de cada día ni otro placer que el de la
taberna? ¿Deseáis que vuestro marido y vuestros hijos estén siempre a merced
del primer advenedizo que haya heredado de sus padres un capital con que poder
explotarlos? ¿Os avendréis a que sigan siendo siempre esclavos de un amo y
materia dispuesta para servir de abono a los prados de los ricos explotadores?
¡No, nunca! 

Bien sé que os ha encendido la sangre al oír que vuestro
marido, después de haber entrado en una huelga lleno de entusiasmo y de
determinación, ha concluido por aceptar con el sombrero en la mano las
condiciones dictadas por el orgulloso burgués en un tono altamente
despreciativo. Sé que habéis admirado a esas mujeres españolas que en un
alzamiento popular han presentado el pecho a las bayonetas de los soldados en
las primeras filas de la insurrección. Estoy seguro que mencionáis con
reverencia el nombre de la mujer que atravesó con una bala el pecho de aquel
rufián que se atrevió a ultrajar a un prisionero anarquista en su calabozo; y
estoy persuadido de que vuestro corazón late con más violencia cuando leéis
como se reunían bajo una lluvia de balas las mujeres de París, para animar a
los hombres y estimularlos a ejecutar actos de heroísmo. 

Repito que sobre todo esto no abrigo ningún género de duda,
y por esto estoy convencido de que también concluiréis por reuniros aquellos
que trabajan por la conquista del porvenir. 

Cada uno de vosotros, pues, jóvenes honrados, hombres y
mujeres, trabajadores del campo y de las fábricas, artesanos y soldados,
comprenderéis cuáles son vuestros derechos y os vendréis con nosotros, a fin de
trabajar con vuestros hermanos en la preparación de esa revolución que,
arriendo todo vestigio de esclavitud, destruyendo ligaduras y cadenas y
rompiendo con viejas y gastadas tradiciones, abra a todo el género humano un
nuevo y ancho campo de feliz existencia, estableciendo al fin la verdadera
libertad, igualdad y fraternidad en la sociedad humana. Que no se diga de
nosotros, siendo un grupo relativamente insignificante, que somos demasiado
débiles para conseguir el magnífico fin a que inspiramos: contad y ved cuántos
somos los que sufrimos esta injusticia. 

Nosotros, los trabajadores del campo, que trabajamos para
otros y mascamos la paja, mientras que nuestros amos se comen el trigo;
nosotros solos somos millones de hombres; somos tan numerosos, que formamos la
masa del pueblo. 

Nosotros, los obreros de las fábricas, que tejemos
terciopelos y sedas para cubrirnos de harapos, también somos una gran multitud,
y cuando el ruido de la fábrica nos deja un momento de reposo, invadimos las
calles y plazas como el mar en las grandes mareas de verano. 

¡Ay! todos juntos, los que sufrimos y somos diariamente
insultados, formamos tal multitud, que ningún hombre puede contar; somos el
Océano que lo abraza e invade todo. 

Nos basta querer para que se haga la justicia y todos los tiranos
de la tierra muerdan el polvo. 

Nos basta querer para que la revolución social acabe con
todas las infamias y todos los privilegios.





